Ha sido mucho más rápido y sencillo para España elegir embajadora en Eurovisión que escoger presidente del Gobierno. De forma ágil y sin recurrir a la aritmética, público y jurado auparon a una candidatura por el cambio que quiere romper con tradiciones de estilo e idioma en pos de la victoria. El tema elegido cuenta, además, con una clave ganadora que el mismísimo Raphael pronosticó hace décadas. «Nunca ganaremos Eurovisión a no ser que llevemos una canción con poquita letra y que diga mucho la, la, la», predijo en los sesenta cuando él mismo volvió de vacío del festival, como atestiguó Viaje al centro de la tele. Su profecía se cumplió con Massiel, que entonaba el mantra 122 veces, y casi se materializa con Betty Missiego, a quien solo la proverbial generosidad hispana privó de la corona. Barei vuelve a intentarlo recurriendo a una versión modernizada de ese amuleto, «cantando la, la, la, la» y aderezada con muchos «¡hurra!».
Solo una nube sobrevuela el subidón eurofan: el voto emitido por el jurado internacional, integrado por tres países del Big Five más la infalible Suecia. Resulta enigmático comprobar que por ahí fuera el candidato más apetecible resultó ser Salvador Beltrán, al que el público español pareció descartar desde el primer momento. España puede enarbolar el cliché de ser diferente de la Europa que la circunda, pero en mayo serán ellos quienes tengan que votar.