Si de siempre hemos sabido que las historias buenas se cuecen en la cocina, la televisión últimamente es un fiel reflejo de eso. De que toda la verdad va soltando su grasilla entre fogones. Es la fórmula que le funciona a la perfección a Bertín Osborne, que después del parapeto del sofá y los cojines entra en el cuerpo a cuerpo con los invitados con el mandil puesto. Y es el mismo modo de los realities que están salpicando con éxito el prime time. La cocina consigue esa autenticidad que tanto demanda el público cada vez que un personaje coge la sartén por el mango. Nos lo enseñó Elena Santonja hace mil años cuando hacía pasar a las celebrities patrias para que mostrasen sus cualidades frente al fuego, como una manera inquietante de desarmar a quien se sentía seguro pelando cebollas. Santonja conseguía que una a una fueran cayendo todas las capas. Fue la misma cara noble que un tiempo después le puso Karlos Arguiñano, en una desnudez absoluta, de quien se hizo maestro cocinando al natural, y es la idéntica exquisitez que le puso Chicote para que no comiéramos con los ojos abriéndonoslos al reality, que luego hizo sudar a los concursantes de Masterchef. La cocina no es un cuarto más de la casa, es ya la habitación principal de la televisión que busca encontrar personajes que bailen en toda su salsa. No hay más que perderse en el nuevo show diverXo de Dabiz Muñoz.