«Águila Roja», una serie que pide a gritos un final

andrés losada

TELEVISIÓN

La octava temporada no tiene visos de recuperar la audiencia que ha ido perdiendo paulatinamente

11 sep 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

La octava temporada de Águila Roja no tiene visos de recuperar la audiencia que ha ido perdiendo paulatinamente: de un 29,6 % de cuota de pantalla en el 2012 al 13,2 % de la anterior entrega, que finalizó en junio pasado. Menos de tres meses después aquí tenemos de nuevo al justiciero Gonzalo de Montalvo en un delirante Siglo de Oro trufado de escenas de kung fu y efectos dignos de Matrix. Acompañado por un reparto de buenos actores -Javier Gutiérrez, Francis Lorenzo- a los que se une ahora Eusebio Poncela en el papel de Malasangre, un «despiadado renegado español». Un peso pesado de la interpretación reducido aquí a una especie de Hannibal Lecter patrio, que arranca orejas con los incisivos mientras se permite desplantes al rey.

Ni un actor del Método podría con este guion, que alterna la habitual dosis de trascendencia pseudohistórica con momentos tórridos dignos del peor Vicente Aranda -¿no hay nadie en Igualdad que diga algo sobre los papeles que reservan al elenco femenino?-, artes marciales de pacotilla y sketches pretendidamente humorísticos (normalmente, las secuencias protagonizadas por el fiel escudero Satur). No se ahorran tampoco escenas escabrosas, como esa en la que la marquesa de Santillana esconde una daga en sus partes íntimas. Y así, entre travellings, momentos a cámara lenta y una alta definición que deja en evidencia el cartón piedra de algunos decorados, transcurre el soporífero argumento de una serie que pide a gritos un final. Feliz o no, pero que termine ya, por favor.