¡A la orden, chef!


Cocer una patata y freír un huevo pasan por ser las dos habilidades primordiales para procurarse el sustento. Pero nadie dijo nunca que fuera fácil. Dos concursantes de MasterChef, gente que ha pasado exigentes pruebas de selección, demostraron con el León come gamba y con las Torres Kío crudas que encontrarle el punto de cocción al tubérculo dista mucho de ser jauja. Y ante una patata dura de roer, el jurado se vuelve duro de pelar.

Alberto, el padre del Simba deconstruido, fue despedido como un delincuente juvenil y Pablo, autor de la teórica tortilla, tuvo que tragarse hasta el final, y sin beber, su pastoso invento. La actitud de los jueces acabó ayer ante el tribunal del defensor del espectador de TVE, con Jordi Cruz apelando al rigor y la exigencia máxima como norma suprema de un espacio que pretende reflejar la competitiva realidad.

Pero no hay que perder de vista que MasterChef no pertenece al mundo real, ni es un cursillo acelerado de cocina. El concurso es un espectáculo televisivo, nada más ni nada menos, en el que pasar desapercibido no es una opción. Los participantes parecen elegidos no solo por su destreza con el emplatado, sino como personajes de una función en la que el rol del jurado está acordado. «Fuera de aquí podemos ser Pepe, Jordi y Samantha, pero aquí dentro somos los chefs; ya sabéis cómo tenéis que tratarnos». Lo toman o lo dejan.

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