Su audiencia aún es hoy en día decente e, incluso, envidiable si se parte de la lógica erosión que supone estar 16 temporadas en antena. Pero es innegable que Cuéntame cómo pasó está en horas bajas, tanto por la factura de las tramas, cada vez de menor ritmo y emoción, como por su público, ya no tan fiel.
TVE ha querido neutralizar el temor que despertaron sus tres mínimos históricos de share y se ha apresurado a confirmar su renovación, un movimiento comprensible, al tratarse de uno de los emblemas de la cadena, pero también arriesgado. Para el ente la pérdida de seguidores se explica, sobre todo, por el tsunami Gran Hermano Vip y por haber desafiado el prime time con un horario más madrugador, dos certezas que no ocultan su actual cansancio.
Su vuelta al costumbrismo, un abuso del drama, la menor curiosidad que despiertan años más recientes y la ausencia de giros impactantes también le pueden restar audiencia. Aun así, el problema no es que la vea menos gente, sino que se vuelva irrelevante. Al alargarla en exceso, se enfrenta a perder su esencia, la de narrar una época a través de una familia, no las peripecias (cada vez más variopintas) de sus miembros. Es mejor que un espectador sienta nostalgia por una serie muy buena a que ya pida su final.