Esta noche concluye Isabel, una serie exitosa que a punto estuvo de convertirse en paradigma de los recortes en el Ente. La poda que el Gobierno aplicó al presupuesto de la corporación provocó que el espacio se guardase en el cajón durante casi un año. Finalmente, se estrenó en septiembre del 2012 y, la audiencia, soberana, la salvó y le dio seguro de continuidad.
La ficción se ha consolidado en sus tres temporadas como un producto serio que, con necesarias licencias, resulta fidedigno con la historia (guste esta o no), salvo en algún gazapo sonado, como el de incluir la catedral de Cádiz tres siglos antes de su construcción. Entre sus logros también está el de haber echado la vista atrás sin beatificar/demonizar a los protagonistas ni enfangarse en polémicas ideológicas estériles (el veto a rodar en el Tinell corrió a cargo del Museo de Historia de Barcelona). La alta política, digerible para el público gracias a intrigas palaciegas, y la política de alcoba, adornada con vaivenes amorosos, retuvo el interés de la trama (pese a los diálogos pomposos), en una mezcla atractiva de pasiones y venganzas.
La serie, que hoy cierra emisión con la muerte de la reina católica (es un acierto no estirarla en exceso), se ha convertido en un punto a favor de TVE, por audiencia y rigor. Un servicio público que debería servir de modelo.