El otro Carlos Larrañaga

José Aguilar

TELEVISIÓN

10 sep 2012 . Actualizado a las 06:00 h.

Su fama de galán y conquistador acompañó a Carlos Larrañaga toda su existencia, incluso en aquellos momentos en los que le pesaba demasiado. Supo, como pocos, dar un juego a la prensa que acaparó páginas y páginas de periódicos y revistas durante más de cinco décadas, aunque en el fondo, en algunas ocasiones, sentía una presión que le impedía llevar una vida en libertad. Una vida en la que poder respirar profundo sin que los condicionantes lo estrangulasen cada vez que se ponía frente al espejo.

Todos sus trabajos en el cine y la televisión lo convertirán en inmortal, pero hay que reconocer que el actor, recientemente fallecido, no siempre conseguía vencer a su propio personaje. Es más, bajo mi punto de vista, considero que, en ocasiones, no tenía ganas de hacerlo porque estaba seguro de su calidad como intérprete y sabía que el éxito lo acompañaría de una manera o de otra? Sin embargo, la naturaleza de los registros interpretativos que podía llegar a alcanzar era más que sobresaliente cuando se lo proponía. Todos tenemos en nuestra mente su excelente interpretación en Los gozos y las sombras, que consiguió dar a su personaje una fuerza y verosimilitud difíciles de superar. La espontaneidad de los ritmos que asimiló de forma brillante, la seguridad en cada movimiento, su dominio ante una cámara que se dejaba seducir por la potencia de su mirada, convirtieron al personaje de Torrente Ballester en un ser de carne y hueso que podíamos sentir cerca de nosotros.

El sueño de convertirse en un gran intérprete, dejando a un lado su seductor físico, fue el día a día de una existencia marcada por una sensibilidad complicada, que no siempre le dejaba disfrutar de los mejores momentos. Desde luego, no tiene que ser fácil tener una hermana de la categoría de Amparo Rivelles, y unos padres que se llamen María Fernanda Ladrón de Guevara y Rafael Rivelles. Esto fue algo que marcó profundamente su acontecer cotidiano, independientemente de sus deseos; ya que ese afán de estar siempre a la altura de las circunstancias lo persiguió en cada paso, aunque no le gustase reconocerlo.