Ver a los chicos y a las chicas del tiempo se ha convertido en un ejercicio de infinita paciencia para el espectador, que cada vez más adopta la postura de un examinador de tesis doctoral. Yo, por lo menos, así lo siento cuando recostada en el sofá comienzo a mover la cabeza en forma de mmm, ajá, mientras sigo con devoción sus explicaciones isobáricas, milimétricas y aritméticas. Eso sí, acompañadas de imágenes que parecen sacadas del álbum de dos enamorados que buscan las nubes o las puestas de sol en un lenguaje codificado para deslumbrarse entre la niebla rutinaria. A veces, absorta, espero ese instante preciso en el que el chico del tiempo (ya no es un hombre) da ese paso adelante para girarse como Billy Elliot al compás de un mapa que oculta la verdad meteorológica del verano. Y aguanto sufridamente las infinitas explicaciones de por dónde viene la borrasca, por dónde se espera la entrada del frente frío, por qué se genera la ola de calor, por qué el granizo es granizo y por qué algunos huelen las nubes. Y entonces es cuando estalla mi indefensión de espectadora contemporánea y añoro a Mariano Medina a Paco Montesdeoca o a Maldonado, que, es cierto, se podían equivocar en la predicción, pero que con un solo mapa te aseguraban una respuesta para el día siguiente. Porque necesitamos respuestas, aunque sean a la gallega (¡ay, Pemán!), de esas que te hacen llevar el jersey a la playa mientras sonriendo te abrigas a la esperanza atmosférica: «Seguro que va a abrir».