Dicen que las madres se parecen unas a las otras, y a juzgar por las ficciones televisivas, Merche Alcántara es la madre por excelencia de todos los españoles. Ha habido madres que han marcado nuestra vida catódica, desde la dulce señora Ingalls, la traumática de Marco (aún duele recordarla), la perversa Channing o la más popular Aída. Todas han aportado a esas 625 líneas de color de nuestro pasado presente, pero la única capaz de elevar las audiencias a ritmo de copla aún a día de hoy es la Campos. Esa madre almohadón que ha hecho que los espectadores nos recostemos sin pudor y que inauguró en los ochenta la mesa camilla que tan buenos resultados ha dado a las privadas. Es imposible juzgar a la madre Campos, pero hay que tener mucho morbo, pero mucho (otros le llamarían jeta) para autodedicarse un programa. Eso al menos es lo que hizo el domingo en ¡Qué tiempo tan feliz!, una oportunidad única para ejercer de anfitriona de su estrella invitada, su hija Terelu enferma de cáncer, y hacer el paseíllo torero: su otra hija, el cuñado, el sobrino? Un reclamo de audiencia fácil siguiendo la máxima de la neotelevisión que brilla en Telecinco: el presentador se invita a sí mismo. Palabra de Jorge Javier y Mercedes Milá.