Cincuenta años de campanadas

TVE cumplió medio siglo de retransmisiones de las doce uvas


redacción / la voz

Cincuenta años llevan ya las campanadas en Televisión Española, pero el tiempo parece que se hubiese detenido. Anne Igartiburu y José Mota asomaron a la pantalla con puntualidad un año más y el personal los recibió con la familiaridad de quien lleva ahí toda la vida. Por algo suele ser esta la cadena preferida por los españoles para el cambio de año. Como por arte de magia televisiva, la pareja, de rojo torero ella y protocolario esmoquin él, consiguió que la Puerta del Sol que antaño coreó las consignas de los indignados bramase cada vez que ellos recordaban a la audiencia el medio siglo que llevan los españoles siguiendo la ceremonia por la pequeña pantalla gracias a la cadena pública.

Uno y otra fueron las estrellas de la Nochevieja en La Primera. Para acompañar la cena, José Mota se ha convertido ya en el tipo simpático que entretiene cuando la conversación familiar decae. Un programa para ver a retazos, pero que se ha demostrado eficaz para aquellos amantes del humor clásico, de chistes veniales e imitaciones dentro de los límites. Este año, el humorista se vio abocado por las circunstancias a hacer un poco de crítica social para despedir al ya finiquitado «2011, cambalache, problemático y febril». Pero será porque el 2012 pinta todavía peor o porque la gente ya no quiere ver a los políticos ni en los chistes, Los siete pecados capitales de provincia hizo gracia solo a los incondicionales. Tal como anda el patio, son muchos los que para reírse necesitan algo que más que ver al sosias de Rubalcaba como concursante de Tu cara me suena y entonando «Zapatero, Zapatero» al estilo Antonio Molina.

Ya en los postres y también después de la medianoche, una Anne Igartiburu que cada vez recuerda menos a sí misma condujo un especial que, salvo excepciones, podría haber sido el mismo de hace veinte años.

Perdido aquel viejo aliciente de ver cuál era el último anuncio del año por la ausencia de publicidad, los espectadores tuvieron que conformarse con los sucesivos cambios de vestido de la presentadora, algo que en los buenos tiempos hubiese dado para comentarios jocosos, pero que en época de recortes hizo mal efecto.

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