Si un 37 % de los espectadores están viendo Supervivientes es sin duda por ese magnífico casting que ha trasladado toda una fábula a la televisión. Nada como estereotipar esos personajes de cuento popular y lanzarlos a la soledad del rumor de las olas, donde se han refugiado esa hada madrina que es Rosa Benito, el bufón de Toni Genil y la bruja de negro que es Aída Nizar. Por eso cuando me siento delante de la televisión, a veces asustada por esos apasionados dardos entre el presentador, la madrastra y la bruja, reconozco la importancia de crear en la vida un buen personaje para sobrevivir. Aída, que ya tiene asegurada su silla en los platós, ha escogido el de la mala malísima después de combinar en una túrmix catódica ese trío malvado que fueron Angela Channing, Alexis Carrington y Diane, la lagarta de V -ego, artificio y seducción con un punto edulcorado de melodrama-.
Pero en esa exageración teatralizada de serpiente venenosa, Aída no ha conseguido sobrevivir a sí misma y le ha faltado la veracidad de las grandes historias clásicas para engancharnos a su papel. Porque a estas alturas de los realities el espectador sabe que en la tele, como en la vida, siempre hay panteras, lobas y leones, como nos cantó el poeta. Pero en la bajada a los infiernos, allá en el círculo noveno, habita el verdadero mal. A Aída para ser una mala de verdad le sobra intención y le falta la dulzura de Lucrecia, la belleza de Mesalina o la juventud de Judith, quienes, pese a no ser concursantes en la isla, ¡vaya si han sobrevivido!