Realidad y show


La pregunta que la cantante Alaska se hacía en 1986, «a quién le importa lo que yo haga y a quién le importa lo que yo diga», ya tiene respuesta: a mucha gente, toda la que cada miércoles, en busca de una suerte de oasis televisivo, no olvida reunirse con Olvi, como la llama su marido, en MTV.

Pero el interés que suscita la cantante está indiscutiblemente ligado a Mario, esa Nancy nada rubia, capaz de pronunciar Justin Bieber con jota y de tatuarse sin piedad mientras planea incluir chuches en el menú de boda. Él es la prueba de que detrás de una gran mujer puede también haber un gran hombre, aunque sea más bien frívolo y torpe.

Ella es la mamá y el ama de casa y él la diva; ella es el reality, y él, el show. Nadie como esta pareja para reinventar un género tan repudiado, donde parecíamos abocados a que nos pusieran continuamente la pierna encima, y ofrecernos lo que se le suponía al formato: realidad, naturalidad y normalidad, dentro, claro, de la anormalidad propia de los que viven en una casa tapizada en piel de leopardo y comen, embutidos en negro gótico, de una ensaladera de la gata Hello Kitty.

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