La psicología aborda el fenómeno televisivo del año
20 ene 2011 . Actualizado a las 06:00 h.A pesar de sus torpes movimientos y sus escasas luces, los zombis dominan actualmente las audiencias televisivas y las carteleras cinematográficas. La serie The Walking Dead, estrenada por La Sexta la pasada semana, le ha granjeado al canal privado un éxito sin precedentes, otorgándole este pasado martes el título de líder del mercado televisivo con un 18,1% de share y un nuevo récord de audiencia para la cadena con 3.201.000 espectadores. Unos datos que vienen avalados por los más de 5,3 millones de espectadores que su estreno registró en EE.?UU. Y todo esto hablando de muertos vivientes, un tema que, a priori, parecía reservado para minorías de aficionados a la sangre cinematográfica y producciones de bajo presupuesto.
Pero es que en la última década algo parece haber cambiado, y aquellos que renegaban de las películas de terror están ahora enganchados a las aventuras de los muertos caminantes. ¿Por qué amamos a los zombis? «Realmente no es algo nuevo. En todas las culturas, el ser humano ha creado seres imaginarios para personificar sus temores. En su momento surgió el hombre lobo como representación del miedo a perder el control sobre uno mismo, o los vampiros frente a las trampas afectivas y el sexo. Pero los miedos del siglo XXI han cambiado», explica Jaime Burque, psicólogo coruñés que dedicó una entrada del blog ?que comparte con su hermana Olga, también psicóloga?, filmoterapia-blog.com, a este fenómeno coincidiendo con el estreno americano de The Walking Dead.
Y es que desde los atentados del 11-S nuestros temores globales apuntan hacia otras cuestiones: «El terrorismo, escenarios apocalípticos por el calentamiento global, la pérdida de nuestra identidad por culpa de la globalización, los peligros de la ingeniería genética o la constante amenaza de virus pandémicos encuentran su reflejo en esa masa sin personalidad, amenazante y contagiosa que son los zombis», matiza el psicólogo.
Al margen de los monstruos en sí, las historias de muertos vivientes tienen otro atractivo para el espectador. Son relatos de superación personal, situaciones límite en las que todo está permitido sin que nuestras conciencias se opongan a comportamientos censurables: «Por muy detestable que sea el malo de una película siempre puede llegar a despertar cierta empatía en el espectador. Pero los zombis no. Ya están muertos, y eso nos permite ensañarnos violentamente con ellos sin sentir compasión alguna, catalizar nuestros primitivos instintos de supervivencia de manera social y psicológicamente aceptable, aunque sea a hachazos. Y eso relaja», apunta.