La exposición reúne cuarenta lienzos realizados entre 1956 y 1983 La Fundación del artista en Barcelona examina la huella del tiempo del pintor en sus cuadros
24 nov 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Son muchos los artistas permeables a la realidad política y social del tiempo que les ha tocado vivir y Joan Miró no fue una excepción. Sus noventa años de vida (Barcelona, 1893-Palma de Mallorca, 1983) le permitieron vivir los acontecimientos decisivos del siglo que, más que un eco, dejaron una profunda huella en su obra pictórica. Una exposición abierta el jueves en la Fundación Miró de Barcelona con el patrocinio del BBVA examina los últimos años del artista, los comprendidos entre 1956 y 1983, a la luz de hechos como el mayo del 68 y el fin del franquismo. Sentimiento, emoción, gesto explora , por tanto, un período menos conocido de Miró, en el que el artista deja a un lado la inspiración literaria y la expresión de los sentimientos amorosos, para centrarse en temas más vinculados a su entorno y los valores de orden moral y social. Como ya había ocurrido antes con la Guerra Civil -que inundó su pintura de colores ácidos y dramatismo-, Miró se sintió alentado por los vientos de cambio que soplaron en los años sesenta y setenta, como atestiguan los numerosos carteles en apoyo de iniciativas sociales y humanitarias. «Desde su posicionamiento de artista, hizo cuanto estaba en su mano a favor de su país y de la libertad», resumió la directora de la Fundación Miró, Rosa María Malet. Entre las obras expuestas se encuentra el trípico La esperanza del condenado a muerte , inspirado en la ejecución de Salvador Puig Antich. Miró también se había interesado por tendencias renovadoras, en España y fuera de ellas. De Estados Unidos llegaron las creaciones de los expresionistas abstractos y de su ciudad natal el revulsivo de un grupo de jóvenes arquitectos. En noviembre de 1968, coincidiendo con la gran exposición que el Estado le organizó en Barcelona, los integrantes del Studio PER -entre los que se contaba Óscar Tusquets- prepararon la contra-muestra, con la que reivindicaron los aspectos más transgresores de su obra. «Miró se entusiasmó con la propuesta», recuerda Malet. La propuesta se concretó en la creación por el artista de una vidriera de más cuarenta metros en la planta baja del Colegio de Arquitectos. Una filmación y fotografías rememoran esta acción, además de los bocetos que preparó Miró, quien se encargó de borrar aquella obra de arte efímera a los pocos días. El artista también mantuvo una relación fructífera con la tradición pictórica japonesa. La influencia de los haikus y de la caligrafía oriental le abrieron nuevos caminos que reforzaron las imágenes poéticas de sus títulos y el hecho gestual en su obra.