Hasta mediados del pasado mes de junio, mientras los españoles decidían su lugar de vacaciones, todas las televisiones nacionales emitían la campaña publicitaria de Turgalicia «Galicia sí es única». Si veías el anuncio como gallego residente en el exterior, resultaba inevitable en ese momento sacar peito, sentirte orgulloso del patrimonio histórico, el paisaje y la gastronomía de tu país. Si eras de otra comunidad, era bastante probable que el anuncio acabase por convencerte y eligieses esta tierra como destino. Con la música de Luar na Lubre; la locución del actor Luís Tosar; y palabras como luscofusco, badalada, ribeira o morriña, se creó una deliciosa obra de arte televisiva de veinte o treinta segundos de duración, según la versión. Algo parecido hace falta en este momento. La Galicia que acaba de aparecer en todos los medios es una tierra gris; azotada por otra catástrofe, cuando aún la del Prestige quedaba muy reciente; gobernada por dirigentes que, una vez más, se enfrentan por la responsabilidad del desastre. Si se pudiese medir en hectáreas la extensión de imagen que el fuego ha calcinado, la cifra sería también dolorosa. Pero estamos hablando de un bien intangible. Es imposible cuantificar el daño que ha causado la aparición de Galicia calcinada en la apertura de tantos telediarios. Apagadas las llamas, toca reforestar también la imagen que de Galicia nos interesa lanzar al exterior.