TENGO una afición -bien rara, lo sé- que consiste en coleccionar los gazapos, los errores de profesionales de televisión y radio. Son tan fáciles de encontrar que creo en la sinceridad de La 2, cuando atribuyó a un «error del mezclador» la emisión de un plano de Mariano Rajoy entre las imágenes de la cárcel de Estados Unidos en Abu Ghraib. De igual forma confío en Germán Yanke, quien dijo en Telemadrid que la sobreimpresión del rótulo «Palacio de la Moncloa» sobre encapuchados de ETA había sido un «error de sincronización». Lo que ocurre es que en televisión trabajamos tan rápido, tan subordinados a la técnica y tan integrados en equipos multidisciplinares -cuando no falla uno, falla otro-, que apenas se dan los programas perfectos. Recuerdo por ejemplo un «error de sonido», cuando a Ernesto Sáenz de Buruaga le dejaron el micrófono abierto tras dar una noticia de salud -«¡eso lo arregla un whisky!», se le oyó decir-; o un «error de identidad» cuando Matías Prats, sin ver la imagen de José María Aznar que estaba en emisión soltó «y los terroristas más buscados...» La 2 y Telemadrid han pedido disculpas y no pasa nada. Somos humanos. Yo, en la radio, en la que es hoy Radio Voz Bergantiños, leí un día veinte notas necrológicas seguidas. Al acabar, muy solemne, puse al azar un disco. Me quedé petrificado al escuchar cómo arrancaba la canción: «Ya se ha muerto el burro de la tía vinagre, que turururú....» Confío en que las familias de los veinte finados hayan olvidado, veinte años después, este error de muerte.