Lo que va de un gran ambiente, de la satisfacción de tantas bellezas, de congratularse ante un artista desconocido, a que una función de ópera, especialmente La Traviata - ¡ qué formidable obra maestra!-, tan emblemática, salga redonda, y más teniendo en cuenta las expectativas. Aforo totalmente ocupado -¿se puede permitir Amigos de la Opera no haber programado una segunda función?- y la mejor disposición ante lo que el cartellone prometía. Ciertamente, Lohengrin dejó el listón muy alto. En toda función operística hay dos marcos, uno tácito y otro sonoro, que deben,?como mínimo, arropar la acción: la escenografía, que en este caso no estorbó y sugirió aquel ambiente frívolo y decadente, y la orquesta, que ha de acompañar, subrayar, declamar y hacerse puntualmente protagonista a la altura de los personajes, cosa que la Sinfónica de Puerto Rico consiguió con profesionalidad, si bien subrogada a la lectura y concertación marcada por el maestro Malheiro. He aquí una de las irregularidades: no siempre hubo el necesario nervio expresivo y en otros momentos el pulso y el tempo desmayaron ostensiblemente, como en el bellísimo concertante que cierra el tercer acto. Por cierto, tres descansos ¿no son excesivos a estas alturas? A Ángeles Blanca se la tiene aquí en gran consideración y no solo por ser hija de Ángeles Gulín, aquella extraordinaria soprano nacida en Ribadavia, sino por sus capacidades artísticas. Se la esperaba con expectación en Violeta. También estuvo irregular. Tiene un concepto interesante del personaje y temperamento y capacidad expresiva, pero de su condición de soprano coloratura se esperaba que resolviera mejor los mas difíciles pasajes del primer acto, especialmente la cabaletta «Sempre libera¿»: discordancia entre el dramatismo y el manejo vocal. Superado el rubicón , estuvo magnífica en su escena con Germont. Y así hasta el final, con un pero para su Addio del passato . Los dos coprotagonistas masculinos, el tenor Ismael Jordi, como Alfredo, y el barítono Zelkjo Lucic, el padre, tienen para mí un defecto común: carecen del sentido dramático del canto, lo que, en su estupendo artículo del libro del festival, pondera Arturo Reverter al referirse a las exigencias verdianas del recitado dramático: «Las palabras no han de estar sobre el canto, sino en el canto mismo» (algo que sí tiene Angeles Blancas). No obstante, Lucic, el descubrimiento de la noche, muestra una voz más hecha y más sugestiva en su plenitud baritonal. Jordi ha de cuidar la redondez de su muy timbrada voz (quizá los sonidos que obtiene en el Pariggi, o cara pudieran servirle de guía). Todos los demás cumplieron con profesionalidad. El coro del Teatro Villamarta de Jérez, del que procede la producción, resolvió con soltura, pese a algunos desajustes. Faltó trabajo actoral con los cantantes y, consecuentemente, la esperada emoción.