De moros, cristianos, gigantes y cabezudos

TELEVISIÓN

Capítulo/Semana XXXVII En que hay dobles parejas sin póker, actrices sin teatro y cristianos sin moros, y por encima de todos se impone la brillante oratoria del campeón

11 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

Visto que la reina Micomicona se había convertido en la bella Dorotea (bella pero modesta, las cosas como son) y que había recuperado el amor de Fernando, la felicidad dominaba los corazones de los huéspedes de la venta. Bueno, de todos no. Sancho se encontraba sumido en un profundo disgusto. Con la reina había desaparecido también su reino, y con el reino, el ducado prometido. Adiós riquezas, adiós fuentezas... Y raudo acudió a dar cuenta de las novedades a don Quijote, que en ese momento volvía de los brazos de Morfeo (que quiere decir que se despertaba, pero en lenguaje poético, que un servidor esta mañana se encuentra lírico). Así, le dio cuenta de las nuevas parejas y, sobre todo, de la mala noticia de la nueva personalidad de su protegida. Don Quijote oyó aquello con bastante indiferencia, porque sabía que las cosas con demasiada frecuencia no son lo que parecen. Por lo tanto decidió comprobar por sí mismo los cambios que Sancho le contaba, y vistiéndose, salió fuera en busca de la muchacha. Entre tanto, ya el cura había advertido a los concurrentes de la locura de Quijano, y de la estratagema en la que se hallaban embarcados para reconducirlo de vuelta a casa. Luscinda se ofreció para sustituir la baja de Dorotea, pero Fernando, actuando de representante artístico de su novia (como tantas veces sucede) rechazó el ofrecimiento y decidió que ambos se unirían a la comitiva rumbo a villa «no quiero acordarme», y que Dorotea seguiría siendo Micomicona. Por lo tanto, cuando don Quijote preguntó a la susodicha por su cambio de personalidad, negó ésta, y tal fue la indignación del caballero con su criado, que quería cometer allí mismo con él una desgracia. Sancho replicó: esto verdad no será, pero lo de que el gigante no eran más que unos odres de vino lo comprobará usted cuando el ventero nos traiga la cuenta. Así andaban las cosas cuando apareció en la posada un cristiano vestido de moro (si va vestido de moro, ¿por qué se sabe que es un cristiano?)con una mora de cara cubierta montada en un jumento. El hombre resulta ser efectivamente un cristiano vestido de moro, y ella una mora conversa que se había llamado Zoraida, pero que ahora se llamaba María (aquí se me ocurre algún ejemplo, pero me lo callo, que quiero hacer una crónica elevada). Y entre la curiosidad de unos y la timidez de los recién llegados, se sirvió la cena, y don Quijote comenzó el famosísimo discurso de las armas y las letras que comentaré el próximo lunes. Tareas para la próxima semana: Leer la última parte del capítulo xxxvii, desde «-Verdaderamente, si bien...» hasta el final, y el capítulo xxxviii (que es muy corto) completo. Hacer examen de conciencia.