Melenas, camisetas negras, pantalones vaqueros ajustados y una litrona en la mano. El perfil de los roqueros no ha cambiado, pero ha pasado de padres a hijos.
14 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Cuando el heavy-metal de Judas Priest triunfaba en todo el mundo, la mayoría de los padres de sus fans actuales ni siquiera se habían conocido. Treinta años después, el quinteto de Birmingham continúa haciendo rugir sus guitarras -además de la Harley con la que siempre terminan el concierto- en el escenario, pero del otro lado, como en su recital de ayer en A Coruña, ya no están los fans de su edad, sino sus hijos, e incluso algunos de sus nietos. Susana, de Perillo, acaba de cumplir 14 años y el de ayer fue el primer concierto de su vida. «Si no me dejan venir me muero», explica, mientras su hermano, de 24 años, asiente y confiesa que él no ha tenido nada que ver en los gustos musicales de su hermana. «A ella desde siempre le han gustado los Judas, desde que era mucho más pequeña. Yo no le he influido en nada». Botellón Media hora antes de abrirse las puertas del Coliseo, el aparcamiento ya fue tomado por cientos de pandillas de jóvenes melenudos, que bebían cerveza -aunque también los hay que tomaban agua mientras comían un bocata- y lucían orgullosos las camisetas negras con el nombre de sus ídolos o de otros. «Si se es heavy, se es fan de todos. Soy un devoto de los Rolling, pero hace treinta años era el único de mi barrio que no había visto a los Judas, y hoy puedo verlos en Galicia», recuerda Pedro Carrollo, que ha venido desde Vigo y es uno de los más maduritos. A pesar de lo que pudiese parecer, los conciertos de música heavy no son los más problemáticos. «Nosotros sólo queremos escuchar buena música, menear la cabeza y estar todos juntos, grandes y pequeños, cuando más mejor», comenta Carlos Fernández, uno de los más de siete mil espectadores que ayer asistieron al concierto coruñés de Barón Rojo y Judas Priest.