DESDE que McLuhan se inventó aquello de la aldea global no se ha producido una noticia (al margen quizás del 11-S) de la trascendencia mediática de la muerte del Papa. No, la información no está siendo demasiada; otra cosa es que sea buena, que esté equilibrada, que ayude a formar opinión pública desde la objetividad. Pero, por merecer, merece todos los minutos que ha consumido. No es una cuestión de ideologías, aunque, visto lo visto, lo parezca.