LA SENSACIÓN era rara. Jugaban el Roma y el Madrid en el estadio Olímpico de la capital italiana, pero lo hacían de manera muy peculiar: sin público en las gradas. Apenas un centenar de hinchas del Madrid que en medio de los miles de asientos vacíos, simbolizaban la nada. Hace semanas, un descerebrado lanzó un objeto a la cabeza del árbitro sueco Frisk cuando el equipo jugaba contra el Dinamo de Kiev y el resultado fueron dos partidos de clausura. Uno fue el de anteayer. Hasta las cámaras parecían incómodas, dando a la retransmisión un carácter casi de fantasmal pachanga futbolera. Marcaron tres los merengues, pero la celebración era anémica. Hasta los jugadores reprimían su entusiasmo. El resumen que La 2 dedica a la Champions League hizo un aparte con el ingenioso título Los sonidos del silencio, reparando en esos otros sonidos que el griterío habitual impide registrar. Desde el túnel de vestuarios, a los gritos de los entrenadores y el banquillo, pasando por las voces nítidas del puñado de hinchas merengues y acabando en algo tan así como el silbato del árbitro. Tampoco faltan las voces de los propios jugadores. Acostumbrados al rebumbio y al follón que se monta en las gradas, ese Roma-Madrid tuvo, a su manera, mucho de original.