EL PRIMER programa de Gran Hermano hizo historia en la televisión porque hasta ese momento nunca unas cámaras se habían metido en la cotidianeidad de un grupo para mostrarla al espectador durante varias horas al día y durante varios días. Quienes aparecían ante las cámaras nunca habían vivido eso de observar a otros desde el salón de su casa, de ahí que garantizasen un espectáculo inédito (e insólito) pese a todos los condicionantes en contra. Era la telerrealidad que más tarde derivó en lo que siempre fue: telebasura, por mucho que disimulen el envoltorio. Lo fue porque las siguientes y sucesivas promociones de Gran Hermano ya iban sobre aviso y algunos entraban con el rentable ánimo de hacerse unos figuras. Como así fue, por mucho que sus pies, en vez de barro, fueran de papel higiénico... Lo de estos días con los nuevos grandes hermanos de Tele 5 y con La granja de Antena 3, el espectáculo ya adquiere niveles de alcantarilla mediática. Se acabó aquella frescura primaria para dar paso al imperio de quienes se hacen los graciosos o lo que toque (para eso están los guionistas...), naturalmente bien activados por los intereses de la cadena a través de las diferentes conexiones, resúmenes e inclusiones en otros espacios de la cadena. El asunto toca fondo. Las cifras de audiencia confirman que el espectador podrá estar loco para comerse toda esta basura, pero eso no implica que necesariamente sea tonto. Tanto resabiado, huele.