RICARDO ORTEGA falleció en «acto de servicio», ese eufemismo que se aplica con excesiva ligereza a muchos órdenes laborales. Muere en acto de servicio el médico, el profesor, el fontanero o el maquinista de trenes cuando el óbito se produce en su actividad. Es curioso, porque si los mencionados fallecen días después de haber padecido una crisis o haciendo footing , ya no es lo mismo. La suerte de los corresponsales de guerra es más macabra: se mueren a pie de proyectil. Ortega era el corresponsal de Antena 3 en Haití, ese país con tan mala fortuna política. Pero ya desafiara a la dama negra en Afganistán o Chechenia. Redactar una columna sobre un periodista muerto es imposible sin repetirse porque son muchos los caídos. Comentaba un amigo si realmente vale la pena cubrir un conflicto para que tu crónica se pierda en las ondas de una radio, se vaya a la basura sobre el periódico al final del día o se vean las imágenes logradas con riesgo por las mismas televisiones que minutos después sacarán a un deslenguado vivalavirgen o emitiendo basura catódica. Nada más lejos que ironizar, pero tiene algo de cruel paradoja que cuando Antena 3 dio la noticia en flash de urgencia, lo hizo interrumpiendo el estreno de Factor miedo , sobre el que habrá que correr un tupido velo. Así están las cosas.