EL CUENTO de nunca acabar, llevamos meses, semanas, días, en que los informativos no hacen otra cosa que mostrar los sangrantes avatares del conflicto entre israelíes y palestinos, y viceversa. Es tan brutal lo que sucede en ese solar terráqueo, son tan asquerosas las imágenes que día sí, día también, recogen las cámaras, que de no ser por su horror lacerante, acabarían como parte de la rutina audiovisual diaria. Un día, un palestino se autoinmola llevándose por delante a varios israelíes, y horas después unos helicópteros Apache con cazabombarderos F16, masacran a los palestinos. Sharon y Arafat. Depende el órgano utilizado para situarte a un lado o a otro, el corazón o el estómago, nunca el cerebro. La cosa mediática pinta a Sharon como halcón aquejado de alguna rara psicopatía (reeditó el conflicto con su visita a la plaza de las Mezquitas...), y a Arafat como sumo sacerdote del terrorismo. En principio, las antipatías van al primero, un militarista al que nadie invitaría a cenar por miedo a que sacase la pistola a mitad de los postres. Claro que, en el lado palestino tampoco entierran la violencia. El eterno dilema del atacante y el atacado, y viceversa. Anteayer, los israelíes masacraron a quienes asistían a las víctimas de un ataque anterior. Lo terrible era la mirada resignada en los heridos. El infierno está en Gaza ¿Y el demonio...?