INTERFERENCIAS | O |
29 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.HAY UN SÍNTOMA que anuncia el final del verano, un síntoma que ni está regulado ni aparece en los papeles ni hay especialistas para dar la vara sobre el tema. Sale por televisión y aparece en la última semana de agosto: los anuncios de fascículos y colecciones varias. Responde a una realidad incuestionable: las vacaciones concluyen, los bolsillos van más lisos que una bola de billar y septiembre es un mes de agárrate que hay curvas... Así que, te apuntas a una colección a precio razonable, te quedas en casa y a leerte cada semana el fascículo de marras con su consiguiente objeto. Esta gente se las sabe todas, y no hay tele que no dé la matraca con esta variopinta mercancía. Coches inolvidables, coches queridos o coches para teledirigir, que casi son lo mismo pero no lo son. Cascos históricos, Mariquita Pérez, joyas, estilográficas, insignias futbolísticas bañadas en oro... Películas de Hitchcock o cedés de jazz. PC útil o fotografía digital. Incluso libros, ese objeto tan maravilloso al que según las estadísticas son alérgicos una gran mayoría de ciudadanos. Las obras completas de Isabel Allende o Los Episodios Nacionales. Y en plan híbrido, una colección de DVD con películas basadas en libros de Stephen King. Nos cuentan que hay compradores que lo llevan todo. Con 100 euros a la semana, todo suyo. Fasciculandia, otra forma de vida.