SIDNEY LUMET debutó en la televisión en 1951, y hasta 1957 filmó más de 200 obras de teatro. Con semejante escuela, ese mismo año sorprendió al mundo con su primera película Doce hombres sin piedad, basada en una obra de Reginald Rose. Con ella, hoy Garci ennoblece una vez más ese paraíso de gourmets del celuloide ¡Qué grande es el cine! (La 2), que cosa bien distinta es la matraca que se largan algunos de sus contertulios. Aparte valores como su alegato contra la pena de muerte y el antagonismo cargado de matices que se traen Henry Fonda y Lee J. Cobb, es una antológica lección de cine que conviene tomarse muy en serio. Un inteligente uso del espacio único y del tiempo real, sostenido sobre un ritmo que al tiempo es frenético pero también calibrado. Una planificación clásica que no olvida los detalles, sean los matices de cada rostro o los objetos de la estancia en donde deciden el destino de un acusado. O que sea una película de juicios en la que nunca vemos la sala del tribunal y apenas unos instantes al acusado, al principio de la trama. Doce actores en estado de gracia. Pero sobre todo, la película demuestra que la televisión de entonces irrumpía para renovar y enriquecer el lenguaje cinematográfico. De la televisión de ahora nada se espera, salvo muy honrosas excepciones.