Josep María Flotats tiene teatro suficiente en la cabeza para dar la vuelta al mundo. Dice que elige sus proyectos por enamoramiento, pero los estudia con cuidado y los ensaya intensamente.
05 mar 2003 . Actualizado a las 06:00 h.Hoy comienza una gira por Galicia interpretando a una figura capital del teatro internacional, Louis Jouvet, quien en palabras de Flotats, «desempolvó el teatro clásico y sus enseñazas fueron fundamentales para actores como Laurence Olivier». -¿Interpretar a un hombre de teatro como Jouvet, le ha obligado a un diálogo especial como actor y director? -Dentro de lo terriblemente difícil que es siempre trabajar en un escenario, puedo decir que es para mí relativamente fácil trabajar sobre Jouvet. Porque sus enseñanzas son las que me han formado como profesional del teatro. Digamos que él reinventa el teatro contemporáneo europeo desde una perspectiva más cartesiana que Stanislavski. Su intención era conseguir un tipo de interpretación más verdadera y más sincera, como si fuera un primer plano cinematográfico. En algún sentido y aunque sea una forma falsa de decirlo, quería que la interpretación fuese menos teatral. No tuve oportunidad de trabajar con él, aunque sí con sus alumnos. Pero mi forma de ver el teatro es su forma de verlo. -¿Tiene el teatro esta necesidad de hablar de si mismo desde el escenario? -Estábamos viviendo un momento en el teatro español de cierto acomodamiento. Por necesidad personal, después de Arte no quería hacer otra comedia y quería explicar qué es para mí el teatro, cuál es su ética, cómo funciona este oficio. Quería reflexionar sobre este cometido y hacerlo desde el escenario me resulta más fácil que de cualquier otro modo. Además, lo que yo pienso sobre el teatro es lo que Jouvet explicaba. Quiero hablar del teatro con la misma pasión que, supongo, utilizará un monje para hablar de los evangelios. -Pero ahora mismo parece que la profesión ha despertado en este momento de crisis cívica, del «Prestige» y de la guerra en Irak. -Lo verdaderamente sorprendente sería que la profesión no hubiera protestado, porque la burla es tan grande que no hay lugar para el silencio y la profesión está comprometida en el sentido noble de la palabra. -¿Ese compromiso es el que evita que la Xunta financie la gala de los premios Max o que el Gobierno critique los Goya? -Eso es política pura. Naturalmente, estoy siempre a favor de la libertad de expresión y esas reacciones por parte de las instituciones demuestran que somos un colectivo que tiene importancia y al que hay que tener en cuenta. Los políticos censuran a los cómicos porque nos tienen miedo. -Desde su experiencia, tras poner en marcha el Teatro Nacional de Catalunya y su posterior abandono por las injerencias políticas, ¿cree que teatro e instituciones son contrarios? -No tienen por qué ser así. Depende de las personas que ocupen las instituciones. A mí me tocó vivir una época en Francia con un ministro de Cultura que era André Malraux. Se pusieron en marcha los teatro públicos y las casas de cultura y se puede decir que una gran parte del teatro francés que se hace ahora se formó bajo ese impulso. Es un trabajo difícil de armonizar, pero se puede hacer. La institución, claro está, tiene que ser abierta y tiene que haber un diálogo y no un tira y afloja por las subvenciones. -«París 1940» está situada en la Francia prebélica, hay un cierto paralelismo, salvando las distancias, con el presente. -Cuando inicié el proyecto, hace casi dos años, no pensé que la obra fuese a tener esta actualidad. Pero uno de sus argumentos es la reflexión sobre qué debe hacer el creador ante la barbarie.