Allí estaba, lo podía ver con mis propios ojos con su camiseta roja entre un centenar de cabezas. Radio Bemba funcionó a las mil maravillas. El rumor de que Manu Chao tocaría en el pub A Roda de Malpica sin previo aviso el viernes por la noche se confirmó a las doce menos cinco, cuando salió al escenario acompañado por su hermano y una guitarra. Por entonces, el local estaba lleno a rebosar con personas apiñadas para ver el espéctaculo. El concierto empezó con Tijuana y la tercera canción fue Clandestino . Con sus dos temas más emblemáticos, Manu Chao consiguió meterse al público en el bolsillo en apenas diez minutos. La gente, totalmente entregada, saltaba mientras los empujones iban y venían. Los vaivenes colocaban a cada uno en su sitio. «Es lo máximo, Manue es el jefe», me comenta un amigo que hice en la entrada del pub. Por la derecha me ofrecen una trompeta repletísima de grasa de hachís. Las olas de la marea humana me llevan a una mesa en las cercanías de la ventana, donde parece que mis vecinos han asaltado un camión del Ejército. El lugar tiene su lado bueno y malo. Por una parte, la brisa del mar entra de vez en cuando y, por otro, aunque no quieras te coges un colocón con tanta hierba ardiendo alrededor. Mi amigo, el de la puerta, que va ser un poco guasón, dice que no alcanza a ver cuál es el malo. Esperanza Entre la marea la mayoría es del pueblo, también hay voluntarios llegados de toda España para limpiar los vertidos del Prestige . Manu Chao tocó cuarenta minutos. Sobre la una, la gente va saliendo del pub. Desde la baranda de su terraza se ve el mar negro, teñido esta vez por la noche. A lo lejos se ve una luz que crece y mengua. Los de Malpica saben que es el faro de las islas Sisargas, pero algunos voluntarios prefieren pensar que es la luz de la esperanza. Ya lo dijo Manolo Tena: a la orilla del mar es más fácil soñar. Yo me apunto. Las Sisargas no existen, cuando llegue la aurora, el mar volverá a ser azul.