El eterno incomprendido

César Wonenburger

TELEVISIÓN

Esta grabación puede ser una excelente introducción al universo wagneriano

30 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Entre las siempre ocurrentes salidas de Woody Allen se encuentra aquella que dice que cada vez que escucha música de Richard Wagner le entran ganas de invadir Polonia. No le tengamos en cuenta la boutade ; la sólida sensibilidad musical del realizador neoyorquino está más que demostrada en las bandas sonoras de sus filmes -que él mismo selecciona-, y aun en Manhattan cita la audición del segundo movimiento de la Sinfonía Júpiter , de Mozart, como una de las pocas cosas por las que merece la pena vivir. Sin embargo, el comentario es bien ilustrativo del injusto desprecio -simplemente ignorancia o descuido- que algunas personas, intelectuales incluidos, sienten por la obra de uno de los más importantes creadores de todas las épocas: sin entrar a valorar ahora los equívocos, malentendidos y lugares comunes a que ésta ha dado lugar, como su falsa identificación con el antisemitismo. Un hipotético canon Se acepta comúnmente que nadie que aspire a ser considerado medianamente culto puede desconocer el Quijote , y sin embargo, en ese hipotético canon del «ciudadano ilustrado», nada se dice de El anillo del Nibelungo , posiblemente «la obra de arte más ambiciosa de la Civilización Occidental», como bien ha dejado escrito el estudioso Derick Cooke, autor de una recomendable guía de escucha sobre la tetralogía wagneriana. Del Anillo , obra de una vida, por la magnitud y la trascendencia del empeño, que consumió a Wagner más de veinte años de la suya (entre 1852 y 1874, aproximadamente), con más de quince horas de la música más excelsa, se ofrece ahora en este compacto una sucinta introducción en forma de fragmentos orquestales, extraídos de sus cuatro partes: El oro del Rin , La Walkiria, Sigfrido y El ocaso de los dioses . Sin duda la belleza de esta música, de una profunda humanidad; compendio, síntesis y anticipo de lo que hasta el momento de su concepción había sido y sería a partir entonces el sublime arte de los sonidos, atraerá al oyente, que no debería escatimar esfuerzos a la hora de aproximarse hacia el conjunto completo de la obra. El viaje bien merece la pena.