¿Quo vadis, Oriana?

RODRI GARCÍA A CORUÑA

TELEVISIÓN

Un libro y una citación judicial, respuestas a la obra de la periodista italiana «El orgullo y la rabia» «¡Ante todo, no aburrir al lector!» Es la consigna que vociferaba Bruno Fallaci, que «destestaba a los periodistas» pero era «un gran director, un verdadero maestro», cuenta su sobrina Oriana a la que sólo le perdonaba «cuando trabajaba como reportera de guerra». Lo recuerda Fallaci en el libro «La rabia y el orgullo» fruto del olor a muerte de los atentados del 11-S y que ya le ha costado una citación judicial en París y un contralibro de Tizanio Terzani «Cartas contra la guerra» que rebate a la periodista. l

12 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

En La rabia y el orgullo (La Esfera de los libros) Fallaci empuña, tras diez años de silencio, el arma que mejor maneja, la literatura : «La palabra escrita influye sobre los pensamientos y las acciones más que las bombas», argumenta. La violencia literaria de esta mujer independiente y solitaria explota como una bomba ante la cara del lector cuando, después de enumerar edificios de medio mundo que simbolizan la cultura de Occidente, escribe: «Y si los jodidos hijos de Alá me destruyeran uno sólo de estos tesoros, uno sólo, sería yo quien se convirtiera en asesina». A renglón seguido ametralla con sus palabras: «Así que escuchadme bien, secuaces de un dios que predica el ojo-por-ojo-y-diente-por-diente: yo no tengo veinte años pero nací en la guerra, en la guerra crecí, en la guerra he vivido la mayor parte de mi existencia». En la cima de la rabia que hizo que durante dos semanas, tras el 11-S, estuviera aporreando las teclas, alimentada sólo de café, tabaco y orgullo, Fallaci amenaza a esos «cobardes acostumbrados a morir matando millares de inocentes, niñas de cuatro años incluidas. Oidme bien porque, aunque he hablado de colisión cultural intelectual religiosa y no militar, ahora os digo: guerra habeis querido, ¿guerra quereis? Por lo que me concierne, que guerra sea. Hasta el último aliento». En medio de furibundos ataques a los árabes, «a los que nunca consideré soldados y mucho menos mártires o héroes, como el señor Arafat me los definió, vociferando y escupiendo su hedionda saliva, cuando en 1972 lo entrevisté en Amman», Fallaci sermonea a Occidente. Contra todos Nadie se salva: Ni el Papa, al que le recrimina por haber pedido perdón por los crímenes de las Cruzadas; ni las feministas a las que acusa de indiferencia ante el sufrimiento de las mujeres en los países árabes y les recuerda cuando «me calificabais de guarra-nachista, de cerda-machista, y me lapidabais porque había escrito el libro titulado Carta a un niño que nunca nació ». Tampoco se salvan los comunistas, ni las «cigarras» de los medios de comunicación que «cantan al sol que mas calienta», ni Regan, ni Berlusconi. Oriana Fallaci vuelve al ojo del huracán, como cuando sentó frente a ella a Kissinger, Willy Brandt, Arafat, Golda Meir, Indira Gandi, el Sha de Persia o el Ayatola Jomeini.