Mereció la pena esperar, aunque ya nadie los esperaba a estas alturas. El concierto que los Simple Minds ofrecieron en Vigo el martes, el primero en su larga historia de 25 años, sirvió por todos los que no vimos. Fue una especie de regalo para la memoria. Algo así como el efecto Heno de Pravia, pero en las orejas. Una luz se enciende en el cerebro cuando empiezan a sonar canciones que hacía años que estaban al fondo de la estantería con las de U2, o con las de Spandau Ballet (muy escondidas). Jim Kerr, de lejos, parecía un auténtico acróbata a lo Mick Jagger (¿pero qué hacen estos tíos para estar como lechugas pegando botes cuando ves que los que van a verles, que tienen su misma edad, o menos, están que no se mueven del sofá?). Su voz profunda ¿tan odiosa, para muchos, como la de Bunbury¿, sonó a los viejos tiempos. La audiencia, «de treinta parriba », saltó por toda la pista como si tuviera «de treinta pabajo » y salió del pabellón como si le hubieran hecho un lifting en el alma por el módico precio de 18 euros (o 21 si esperaron al último día). Los Simple Minds, los mentes simples, estuvieron, simplemente, inolvidables. Ahora ya sólo queda que nos traigan a U2 antes de que sea demasiado tarde. SIMPLE MINDS. 28 de mayo. Pabellón de As Travesas. Vigo