Desde el principio, por su físico angelical, menudo e infantil, le dieron papeles de mujer-niña en el agresivo mundo macho de las películas de Hollywood. En Carne viva, su puesta de largo cinematográfica, vestida con el uniforme de pecas, ojos azules y voz aguda, chocó con un asesino enlutado que era Lee Marvin, nada menos. La fragilidad y la dureza frente a frente. Sissy Spacek tenía entonces 23 años pero interpretaba a una chica de quince sin ningún esfuerzo. En Malas tierras, con los 25 ya cumplidos, hizo de adolescente quinceañera tipo Electra. Por ella, Martin Sheen mataba a papá, un incestuoso Warren Oates. Y, para culminar la galería púber de la mujer-niña, tuvo su primera regla en la ducha de Carrie con 27 primaveras. Con estos precedentes es lógico que Spacek no haya dejado de interpretar papeles de tierna ingenua, con un punto de santidad y otro de tozudez. Algo así como un cóctel de chica tejana mezclada con marciana telequinésica y hermana luna franciscana. La actriz se convirtió en una heroína del feminismo, lidiando con su pequeño y enérgico cuerpo en todo tipo de frentes: contra la represión (Carrie), el machismo (Tres mujeres), la naturaleza destructora (Cuando el río crece) y el fascismo (Desaparecido). Hizo de todo. De camarera (Bienvenido a Los Angeles) a cantante (Quiero ser libre), pasando por la inolvidable chica beat de Generación perdida. Pero, junto a la telequinésica Carrie, la recordaremos por Crímenes del corazón, donde dispara contra su marido y come palomitas mientras este se desangra. Ahora, con cincuenta y tantos, ya le toca hacer de mamá: madre-novia, alivio del atormentado Nick Nolte en Aflicción, freakie alcohólica, progenitora de Brendan Fraser en Buscando a Eva, tía mala de Edward Furlong en El harpa de hierba, o la maternal campesina sin hijos que adora las tormentas en Una historia verdadera. Sissy Spacek ya es mamá, pero sigue llevando dentro una niña, aquella tierna cenicienta, el patito feo herido de Carrie.