En una época en la que la crítica literaria ha quedado reducida a un pequeño circuito de erudición, no deja de sorprender la presencia, el reconocimiento, la influencia y el prestigio que conservan ciertos sabios de las letras como Harold Bloom. Indiscutible prócer de la crítica anglosajona junto con George Steiner, Bloom ha alcanzado tal fama en el mundillo literario que de su palabra parece emerger, implacable, la verdad absoluta en el siempre complicado y subjetivo juicio de la literatura. Su trascendencia mediática se ha visto amplificada por opiniones controvertidas y expresadas sin cortapisas. Temeroso del imperio del pensamiento único, Bloom rechaza las correcciones políticas y lamenta, por ejemplo, que no haya libertad para criticar a escritores de grupos sociales minoritarios porque pueden ser asumidas como ataques a esas minorías. No encuentra reparos Bloom para afirmar que Gabriel García Márquez «es un escritor que me cansa porque se repite», para sentenciar que «el último intelectual francés de valor fue Paul Valéry, y hace ya mucho que murió» o para definir a Steiner como «un moralista que no me parece un tipo divertido». Por el contrario, se ve a sí mismo como «un crítico bastante cómico». Machadas que le han granjeado, además de cierta fama de engreído y vanidoso, un buen número de enemigos incluso entre sus colegas. Santoral Recientemente, Harold Bloom publicó el libro Cómo leer y por qué , en donde que resume sus preferencias y construye su particular santoral de escritores, poblado de autores anglosajones. De las letras hispanas, sólo figuran Cervantes y Borges. Su altar lo preside William Shakespeare, de quien el crítico ha afirmado, tajante y solemne, que «en él están todas las vertientes asumidas por la cultura occidental».