Compay Segundo, que vuelve a ser nominado al Grammy, inició su conquista de Europa en Galicia en 1994 A sus 94 años, Compay Segundo ha vuelto a ser nominado a los Grammy, en la categoría de «música latina tradicional». El trovador cubano constituye un caso único: emergió como estrella planetaria cuando frisaba ya los noventa años. El Compay, que sigue fiel a su precepto de puro y traguito de ron diario, quiere aprovechar su gloria crepuscular: «Espero llegar a los cien y pedir prórroga». Su tardío renacer tiene conexión gallega. En 1994 una sala de Vigo lo rescató del ostracismo. Incluso una canción suya lo recuerda.
01 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Francisco Repilado Muñoz, Compay Segundo para siempre, es el protagonista de una vida mágica. Descendiente de esclavos, el Compay, un guajiro bizarro de mirada pícara, nació en 1907 en el pueblo minero de Siboney, en el oriente de Cuba. Repilado no poseía una garganta enorme (el apodo de Compay Segundo atiende a que siempre se vio relegado a hacer la segunda voz). Pero se ha convertido en leyenda merced a su oído magnetofónico, su tocar preciso y su capacidad inventiva (además de ser un compositor superdotado, ha creado un modelo propio de guitarra). El montuno de Siboney conoció las miserias de la posguerra (y en su caso, posguerra quiere decir ¡después de la Guerra de Cuba!). Desplazado a La Habana, se integró en la banda de Miguel Matamoros, un dios de los años treinta. En 1949 formó un dúo con Hierrezuelos, que lo llevó por vez primera las dulzuras de la fama, cuando tenía ya 42 años. Después cayó el muro del silencio: era un clásico, pero en realidad vivía de las bodas y bautizos. Hasta que en los noventa, cuando según la biología debía ocupar una cómoda tumba en Santiago de Cuba, el Compay revivió y se convirtió en un astro. «Europa estaba agotada de estridencias electrónicas y nosotros saltamos de las montañas a la fama», ha resumido el artista. Vivir en un pedestal Desde 1997 hasta hoy, el Compay vive en un pedestal. Con el apoyo del gran guitarrista gringo Ry Cooder ganó el Grammy con el Buena Vista Social Club. En Francia se lo rifan («ahora allí, cuando brindan, en vez de decir chin-chin, dicen chan-chan, como mi canción»). La dictadura de Castro le ha colgado todas sus condecoraciones y le ha concedido un apartamento con aire acondicionado frente al histórico Brindis Bar. En España, ha sido un súper-ventas y la progresía más petulante lo ha convertido en icono. El último disco del Compay, grabado con 93 años, se llama Las flores de la vida. Pero hace siete años no todo parecía tan florido. Repilado, que entonces peinaba 87 primaveras y era un perfecto anónimo en España, apareció en Canarias con su trío, en el marco de uno de esos «intercambios culturales» que tan gratos resultan a las administraciones. Allí lo vio el propietario de una sala de fiestas navarra. Le gustó y le ofreció irse al norte, bajo la promesa de un larga gira de conciertos. Compay Segundo y sus Muchachos viajaron, pero todo acabó fiasco. Las actuaciones no aparecieron y languidecían perdidos en un caserío sin teléfono. Un viajante de instrumentos musicales se enteró de «la historia del viejito cubano abandonado en Navarra». Y cuando pasó por Vigo, el viajante se lo contó a Javier Villar, propietario por entonces del Malecón, una animada sala de música latina ubicada en la calle Venezuela. Villar recuerda que traer al Compay era entonces una ganga: «Les pagamos 50.000 pesetas (300,51 euros), el hostal y la comida». El veteranisímo maestro cubano arrasó en Vigo. Su éxito allí le franqueó una gira por toda la Península, con parada en la sala Suristán de Madrid, donde lo descubrió la crítica influyente. Dos años después, el caché del Compay era ya de 600.000 pesetas (3.606,07 euros). Descubridor gallego Javier Villar, el hostelero vigués, entabló amistad con Francisco Repilado. «Era muy buena persona, como ese abuelo que ya no tienes». Al poco tiempo de su actuación en Vigo, el Compay entró a grabar un disco en Madrid de la mano de su padrino español, Santiago Auserón. Villar acudió a aquellas sesiones. «Me dio mucha pena, porque era noviembre, hacía un frío que pelaba en Madrid, ¡y él andaba con zapatos blancos! Le conseguí unas buenas botas de cremallera y aquel invierno no las apeó». Compay Segundo guardó gratitud a su descubridor gallego. En uno de sus discos aparece una canción titulada El Malecón de la gozadera, homenaje al desaparecido local vigués. El hostelero Juan Villar añade otra anécdota que habla de lealtad y talla moral: «Yo tenía también un bar en Ponferrada, el Palacio del Son, que se me fue a pique por culpa de un mal socio. Cuando Compay se enteró de mis problemas, vino allí a tocar gratis para ayudarme. Es una persona muy agradecida». Durante sus estancias en Vigo, invitarlo a un café en un bar suponía un problema. «Era un hombre de otra época y pensaba que si le pagabas algo tenía que corresponderte tocándote algo. Enseguida decía, ¡levántense, muchachos!, y empezaban a cantar en cualquier sitio».