MIGUEL ANXO FERNÁNDEZ CRÍTICA DE CINE / EL PERDÓN
01 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.El propio Michael Winterbottom define lúcidamente el tono de El perdón al calificarla como «la historia de un hombre que vendió lo que no se puede vender y trató de comprar lo que no se puede comprar». Estamos ante el primer gran western del siglo XXI y la prueba más evidente de que el cansado marco del viejo Oeste todavía resiste si le dotan de historias con la suficiente intensidad dramática como la recreada aquí por Frank Cottrell Boyce a partir de la novela de Thomas Hardy El alcalde de Casterbridge, trasladada a la frontera californiana en plena fiebre del oro, un metal que también enfebrece al protagonista hasta removerle la conciencia. Boyce va más allá cuando define el libreto como «un relato de figuras gigantes y un paisaje gigante en una época de gigantes». Asumido el tono, quedaba la forma. Si el tono no se desprende en ningún momento del origen europeo de su autor, optando más por un estilo desmitificador, ajeno a la estructura y al ritmo del western clásico de Hollywood (Sin perdón, de Clint Eastwood, sería una excepción), la forma opta por el experimentalismo al tratar el color de una manera muy peculiar, claramente orientado hacia los personajes, procurando no interferir en el espectador. Cuidado ambiental Hay también un evidente cuidado ambiental, casi arqueológico, que provoca en el espectador una extraña sensación de poderío. Su incisión en el toque multiétnico, enriquece todavía más ese efecto al insistir en algo tan evidente como era el viejo Oeste, una especie de melting pot, de crisol de razas y de culturas, con todo el potencial dramático que representaba.