El autor gallego más universal mantuvo siempre el apego a su tierra, que recorrió en su niñez y en su madurez Se le ha acusado de relacionarse con su tierra a tortazos: algunos personajes de sus obras transmiten una imagen pésima de los gallegos; y la visión que hizo de la Costa da Morte en «Madera de boj» irrita a numerosos lectores.
18 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Pero su apego por Galicia es innegable: lo llevaba dentro en su forma de escribir, que rezuma la sintaxis del pensamiento galaico; y lo demostró con el regalo de su fundación. En medio de esa tormentosa relación (¿de amor-odio?), jamás olvidó sus orígenes. Sus libros, desde los más duros y universales hasta los más apresurados y banales, están tan vinculados a su tierra como su propia vida. Su corazón siempre vivió en Iria Flavia, como demostró al expirar. La amaba y la recorría con su pensamiento continuamente, como ya había hecho en La Rosa, el primer tomo de sus memorias: «Vine a este valle de lágrimas en la casa del paso a nivel de Iria Flavia, ayuntamiento de Padrón, diócesis de Santiago de Compostela, provincia de A Coruña, banda de estribor de la ría de Arousa, allá donde se encuentran los ríos Sar y Ulla». La itinerante vida de su padre, vista de aduanas, le llevó a crecer pisando las calles de Barcelona y de Madrid, pero él guardó recuerdos de poblaciones menos ostentosas. De Vilagarcía, donde pasó la devastadora gripe de 1918, o de Tui, donde vivían sus abuelos. «Es una ciudad antigua y solemne, de arcaica traza y rancias costumbres. Los señores hablan un castellano plagado de portuguesismos». Cuando la guerra, desentrañó los vericuetos de A Coruña, donde estableció una especial relación sentimental con la calle más denostada de la ciudad: el Papagayo. Se cuenta que en un tugurio del callejón llegó a tirar un piano por la ventana. Pero la anécdota es poco creíble, porque no parece que semejante armatroste pudiese caber por aquellos respiraderos. Sus actividades en la ciudad no se limitaban a las visitas al barrio chino o a otros prostíbulos con entrada secreta por La Marina. «Por las mañanas -dejó escrito en sus memorias- salía en piragüa por el mar de Riazor». Por las tardes prefería la partida de chapó en el Sporting o la tertulia en el Café Galicia. Su relación con A Coruña fue constante desde entonces. Cincuenta años después, la ciudad volvió a ser determinante en su vida. Allí conoció, en 1986, a una locutora de radio que se llamaba Marina Castaño.