CAMILO JOSÉ CELA, MI AMIGO

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CARMELA ARIAS Y DÍAZ DE RÁBAGO, CONDESA DE FENOSA

18 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

A noticia de la muerte de Camilo José Cela, acaecida con la naturalidad a la que él se refirió tantas veces, como suceso inexorable y unido a la vida, además de una gran tristeza me ha llenado de nostalgia por la evocación de tantos recuerdos compartidos. La amistad desde la juventud, los encuentros a lo largo de tantos años, se comprimen en este momento para acentuar la pena y el dolor. Quiero dejar de lado mi admiración al escritor y su obra, para dedicar unas líneas a la persona, al amigo y hablar desde el corazón. He admirado siempre su humanidad inmensa, arrolladora. Amaba la vida y todo le interesaba. Con motivo de mi entrada como Académica de Honor en la Real Academia Galega de Ciencias, en septiembre de 2000, Cela quiso dar la réplica a mi discurso de ingreso. Puso énfasis en una frase del Eclesiastés: «Nunca se cansa el ojo de mirar ni el oído de oír». Pensé entonces y lo creo ahora, que él mismo encarnaba esta frase bíblica, aplicada a su vida. Todo le interesó, ensayó mil actividades, gozó con lo grande y lo pequeño, con la literatura, la política, el arte, el cine, los viajes, los amigos, y por qué no, las buenas comidas y un buen reposo. Los recuerdos se amontonan en mi emoción, porque su personalidad impetuosa lo abarcaba todo o casi todo. Pero, en este ámbito, completado además por premios, honores y por una dedicación infatigable al trabajo, siempre tuvo un tiempo y un espacio para mantener fresca nuestra amistad, salpicada de cartas, encuentros y conversaciones. Además de su fidelidad a los amigos, querría destacar algunos rasgos de su personalidad que siempre admiré. Su temperamento vital y controvertido fundamentó un personaje que, por encima de su creación literaria o al margen de ella, pasó a ser parte del acerbo popular y sólo los más cercanos sabíamos de su ternura y timidez. Muchas distorsiones de su retrato público creo que derivaban, entre otras causas, de su lealtad para consigo mismo y de su libertad de juicio. Muchas inquietudes nos unieron y entre ellas, sobre todo, el amor a Galicia, de la que, aunque hubiera deseado, no habría podido alejarse porque su obra hunde sus raíces en la tierra que le vio nacer. Por eso ha querido regresar para siempre a Iria Flavia y dotar a su fundación de su legado literario y personal. Fruto de su generosidad y afecto fueron las palabras que me dedicó en muchas ocasiones. En una de las últimas, el acto de la Academia Galega de Ciencias al que me he referido, quiso incluirme, sin duda más con el sentimiento que con la razón, en una evocación a las mujeres ilustres de Galicia. Se refirió a la sensibilidad poética de Rosalía, la sabiduría jurídica de Concepción Arenal y la eficacia estética y literaria de la Condesa de Pardo Bazán, y sobre ellas fundó su admiración a la mujer gallega y su fe en la condición femenina. La fuerza del recuerdo mantendrá una amistad que fue ininterrumpida por la fortaleza que da el respeto a la diferencia y el saberse sustentada en el afecto mutuo y el amor a Galicia.