Alfonso, el Padilla de Lavacolla

TELEVISIÓN

Un limpiabotas de Santiago mantuvo durante dos décadas una estrecha relación con el premiado escritor de Iria Flavia Cada día se arrodilla ante decenas de personas. Ayer lo hizo en una capilla de Iria Flavia ante el que fue uno de sus clientes más ilustres y compañero de conversaciones. Alfonso González Puentes no acudió a su cita con el betún y los cepillos en el aeropuerto compostelano de Lavacolla. Prefirió este limpiabotas viajar a Padrón para ver por última vez a su Don Camilo, su padre en la ficción. Tanto, que Alfonso es uno de los pocos «personajes» vivos que quedan de la obra del premiado autor: Cela lo incluyó -un homenaje- en su novela «Madera de boj». Con los ojos empañados, el Padilla de Lavacolla usó anoche un betún negro.

18 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Por el despacho de Alfonso han pasado los pies de ilustres personajes gallegos y universales. Pero ninguno marcó tanto a este vigués enjuto como los zapatos color madera de Don Camilo. Ayer en Lavacolla nadie había visto al limpiabotas más famoso de Santiago. Pero se suponía por dónde podía andar. Alfonso estaba ya a unos kilómetros de la capital gallega, subido en un Castromil para visitar desde primeras horas la residencia definitiva de su admirado escritor. Alfonso González, 66 años el día que murió el escritor, llevaba casi tres décadas dando brillo al calzado cuando conoció a Camilo José Cela. «Le voy a dejar los zapatos más brillantes que Padilla», le espetó aquel 1985. El que sería Nobel cuatro años después se sorprendió. Padilla era el limpiabotas que el de Iria Flavia imaginó en La Colmena. Alfonso la ha releído en varias ocasiones y se la sabe de memoria. Tres años antes de aquel encuentro, Mario Camus imaginó -en la versión cinematográfica de la obra- ese papel en la piel del veterano Rafael Hernández. Sólo halagos para Cela Desde aquel momento, Alfonso y Cela mantuvieron una amistad que cristalizaba en encuentros regulares durante al menos quince años. En la terminal, Alfonso se enchía y presumía de amistad, un Nobel que para él siempre estuvo alejado de toda polémica. «Conmigo siempre se portó maravillosamente bien», afirma. Sólo tiene halagos hacia Cela. Otros famosos fueron pasando por delante de Alfonso. Uno de ellos fue Antonio Resines. Mientras untaba sus zapatos, comenzó a recitar el papel de Pepe El astilla, el personaje de aquel también en La Colmena. No fue Resines el único que se sorprendió de la habilidad del zapatero. Mari Carrillo también se llevó aquella anécdota. Alfonso sorprende. La última vez que coincidieron fue en 1999, durante la presentación que el novelista hizo en Santiago de Madera de boj. «Yo estaba entre el público y me señaló delante de todo el mundo», recuerda. También rememora la ocasión en la que le presentó en una entrevista en la Televisión de Galicia. Aquella última novela del Nobel gallego fue también un reconocimiento a su amigo el limpiabotas. «Don Camilo, a ver si me saca usted en uno de sus libros», le pidió hacía años. «Todo se andará, Alfonso, todo se andará». Se anduvo y en 1999 Alfonso pasó la cera a los libros, rondando la página 290. Ayer pasó de papeles y retrasos aéreos para pasear por Padrón, con los ojos algo llorosos, su orgullo. Aunque le quede la espina de no haber sido su admirado colega, el Padilla.