En el libro-álbum sobre su fabulosa peripecia vital, Cinco vidas, repasa las cinco actividades a las que ha dedicado sus casi cien años: la danza, la actuación, la dirección de cine, la fotografía y el submarinismo, aunque también ha sido esquiadora y montañera. Riefenstahl comenzó a practicar el buceo con 71 años, para escapar de los tremendos dolores de espalda que sufría y que sólo se le pasaban en el agua. Desde que dejó esta práctica debe inyectarse morfina cada ocho horas, según ha contado a la revista Bunte. Leni se convirtió después de la derrota del nazismo en una apestada dentro de su propio país, donde incluso se llegó a decir que fue amante del führer. «Había que buscar un chivo expiatorio y me escogieron a mí porque había hecho la mejor película de la época», dijo en una ocasión. Pasó de los campos de prisioneros al manicomio, sufrió la confiscación de todos sus bienes y en 1949, tras una serie de procesos, fue absuelta y «desnazificada», pero ya no pudo llevar a la práctica sus proyectos cinematográficos. En 1956 partió a África, donde inició su nueva carrera de fotógrafa. De sus diez años de peregrinaje por el continente nacieron algunos libros de éxito internacional sobre la tribu nuba. La belleza ante todo Como resumen de su existencia, Riefensthal dice que lo que siempre le ha interesado por encima de todo ha sido la belleza. «Todo lo bello siempre me ha fascinado, era lo que yo quería retener en las imágenes», confiesa a Die Welt. «Me fascina todo lo que es fuerte, sano y vivo; yo busco la armonía», dijo en una ocasión. Y otra vez remachó esa idea: «Trato de escoger siempre motivos positivos. No me gusta fotografiar gente enferma, no porque los desprecie sino porque quiero transmitir optimismo». «Entre la culpa y la belleza» se tituló una muestra sobre ella.