MERCEDES ROZAS
23 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Desde que Kandinsky iniciara el camino de un arte de «necesidad interna», mucho se ha andado en pos del desarrollo de una estética de la abstracción. Fueron momentos estilísticos claves, en los que el artista ruso se sentía preocupado por dar un sentido musical y rítmicamente estructurado a su obra. Actualmente, la abstracción es un lenguaje universal que ha llegado a abrazar una fecunda evolución creadora, difícil de delimitar. La falta de una cita objetiva de la realidad, aunque ésta sea fuente inagotable de inspiración, también se hace patente en la obra de Leopoldo Nóvoa. Su producción reúne, en un juego interminable de correspondencias, una serie de aspectos -temas, composiciones, materia, luces, espacio, tiempo...- que de manera enfática dan cabida a la intuición y al gesto, perseverando en una línea coincidente con la abstracción. Si bien esta posición estética parece clara, no lo es el hecho de circunscribirla a una determinada rama de las muchas que surgieron desde aquellas primeras Improvisaciones de Kandinsky. Poco importa que emplee como soportes tela o cartón y que se mueva en formato pequeño o grande; la obra de este artista descarga una riqueza emotiva que sólo puede desprenderse de una sensibilidad cultivada desde la experiencia y la reflexión. Una vez más, con esta muestra de SCQ vuelve a demostrarnos su capacidad de creación y el dilema que supone hablar del estilo de este autor en calidad de informalismo, abstracción lírica, matérica, espacialismo... Son muchos años perfilando una personalidad artística que tiene sus inicios en los cincuenta cuando, emigrado en Buenos Aires, conoce a Seoane, que le anima a hacer su primera exposición. Con la década siguiente surgen los primeros murales de Montevideo y, al mismo tiempo, descubre la obra de Rothko, Burri y Fontana. Cuando a partir de los sesenta se instala definitivamente en París, en su obra está ya determinado un proceder que prevalece hasta hoy: relieves marcados por elementos que empujan hacia fuera desde la parte posterior del lienzo, palillos, alambres, telas o delgadas cuerdas que laceran deliberadamente el espacio, el vacío que desgarra la superficie, leves matizaciones cromáticas... En el desarrollo de este universo plástico sobresale por doquier la huella vital de un artista fundamental en el arte de este país. En la trama de estas obras existe lo que Dubuffet definía como «la llama de la vida». Son su autorretrato, el rostro elegante de un creador que cumplidos los 80 años sigue ofreciendo una lección de coherencia y modernidad.