El poder de las palabras

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En Inglaterra, la tradición de cuentos fantásticos y de hadas está muy asentada. Personajes tan dispares como el Rey Arturo y sus caballeros o Peter Pan están profundamente enraizados en el imaginario inglés. Por eso no es de extrañar que Tolkien escuchara estas historias de niño, en boca de su madre, y luego escribiese El hobbit en principio para sus hijos. Nacido el 3 de enero 1892 en Sudáfrica, Tolkien mostró desde su infancia una gran afición por las lenguas. En consecuencia, fue profesor de Literatura Inglesa Medieval en Oxford y estudió con pasión el tema de los dialectos, y el trasfondo filológico está siempre presente en su obra: desde las rimas y adivinanzas de Bilbo y Gollum en El hobbit, hasta el poder transformador de las palabras, que vencen la resistencia de las murallas de Moria, por ejemplo. Cada ser tiene su propio lenguaje, y sobre esta piedra angular filológica Tolkien levanta todo su universo. En su vida privada, Tolkien trató de pasar inadvertido. De hecho, casi renunció a su mundo contemporáneo y se sumergió en el suyo propio. Apenas leía libros de su tiempo y en política estaba dominado por una visión reaccionaria. Su profundo catolicismo alimentó esa eterna lucha entre el Bien y el Mal que domina El señor de los anillos. El precio de la fama El éxito le sentó mal. A medida que envejecía, soportaba cada vez peor las visitas o llamadas inesperadas que le acarreó la popularidad. Hubo de mudarse y cambiar de nombre para vivir tranquilamente en una ciudad costera inglesa. Cuando falleció su esposa, se mudó a un apartamento de Oxford, donde murió el 2 de septiembre de 1973. Tenía 81 años.