EDUARDO GALÁN CRÍTICA DE CINE / «BUÑUEL Y LA MESA...»
15 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Al principio de la película Lorca pregunta si alguien sabe quién es Buñuel. Carlos Saura decide que hasta un camarero del parador de Toledo puede recitar de carrerilla la obra del sordo de Calanda. Si el espectador de esta película no se acerca a ese nivel no va a disfrutar, le faltarán muchas de las 365 patas de la Mesa del Rey Salomón para entender las decenas de poemas, juegos y chascarrillos varios que surcan el metraje. Buñuel y la Mesa del Rey Salomón es de una endogamia difícilmente soportable para los espectadores que no pertenezcan al clan del trío Buñuel-Lorca-Dalí. La cosa no es divulgativa, sino más bien todo lo contrario. Matizado este último extremo, hay que decir que la película de Carlos Saura es muy divertida y buñeliana, tiene momentos de un lirismo notable y con imágenes dignas de un visionario. Juego surreal En el terreno del juego surreal, campean felices referencias del universo de Buñuel como la mano cortada de El perro andaluz, el sepulcro del cardenal Tavera que besara Tristana, el robot femenino de Metrópolis que tanto gustaba a don Luís, el Judío Errante que está sobre una columna como Simón del desierto, los buitres que devoran caballos y obispos en La edad de oro... Además, Dalí se pone una lentilla como si manejara la navaja que cortaba el ojo de El perro andaluz. Y brillan en las afortunadas líneas del guión definiciones como esta: «La Mesa es un espejo y un atrapasueños». Como el cine, «la Mesa es una red tejida en forma de laberinto sobre la cuna de los niños» o, lo que es lo mismo, sobre los espectadores. La presentación que hace de sí mismo Buñuel es cándida: «Soy bruto y bastante sordo, pero sensible y amigo de mis amigos». Hay otros hallazgos inolvidables: las gafas del Judío Errante que todo lo ven las guarda Buñuel en una caja de puros Montecristo, son en 3-D y permiten leer un mensaje subliminal oculto en una valla de publicidad. Y Buñuel, para seguir a Valeria Marini en la oscuridad del laberinto toledano, quema su pasaporte como una antorcha.