UN VERDI MENOR

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XOSÉ CASTRO

CÉSAR WONENBURGER CRÍTICA DE MÚSICA

22 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

La falta de conexión entre el público y la creación actual, a lo que cabe sumar la desidia y la falta de verdadero riesgo de los programadores, que tampoco hacen nada por propiciar ese necesario encuentro, obligan a veces a buscar en el baúl de los recuerdos obras poco transitadas, o simplemente desaparecidas del repertorio, con las que sorprender al oyente, cansado de más de lo mismo. Estas exhumaciones, más allá del interés filológico, no siempre se justifican; y en muchos casos, lo que vienen a certificar es que la tradición tenía razón: las obras ahora rescatadas disfrutaban de un merecido reposo. Ahora, con la oportunidad del centenario de la muerte de Verdi, de entre los muertos, surge este «Giorno di regno», obra menor en el ingente catálogo del compositor, pero no del todo desprovista de méritos. Hay en esta partitura indicios del Verdi posterior: el impulso rítmico, la facilidad melódica, el aria del tenor, «Pietoso al lungo pianto»,... Hay, también, influencias claras, de Donizetti, Rossini y Cimarosa, por este orden. Pero esta vez la endeblez del libreto no inspiró a Verdi -siempre preocupado por la palabra, el texto-, que se limitó a ilustrar musicalmente, pero sin penetrar a fondo en los personajes, que era lo que a él verdaderamente le atraía: la caracterización humana, la introspección psicológica. Ya que se trataba de devolverle la vida a una ópera olvidada, lo justo era hacerlo en las mejores condiciones posibles, como ahora se ha logrado -y no como hace tres años con aquella olvidable «Finta giardiniera» mozartiana. El montaje de Pizzi es resultón y tiene algunos hallazgos visuales, como la divertida escena del strip-tease. Hay movimiento, detalles aislados: con semejante material, tampoco se pueden hacer milagros. En lo musical, sobresaliente para la Sinfónica, que ha vuelto a demostrar su ductilidad para alcanzar en el foso el mismo rendimiento que en la sala de conciertos, galvanizada por el atento trabajo concertador de Rizzi. Estupendo el coro y bien los cantantes, sobre todo, los protagonistas: tenor, soprano y barítono. J. J. Frontal, poco a poco, sigue los pasos del gran Carlos Álvarez.