Manu Chao, cantante de origen gallego, saca a la venta su nuevo disco «Próxima estación, esperanza» Gallego, francés, vasco, latino y mundial, Manu Chao abrazó la popularidad y creó la música mestiza del siglo XXI al frente de Mano Negra. Con su primer disco en solitario, «Clandestino», se consolidó como uno de los cronistas sonoros esenciales de su tiempo. Tres años después, el trovador que se perdió en el siglo vuelve a buscar su rumbo con «Próxima estación, esperanza», sólo una excusa para hablar de la vida, los viajes, el peligro... Y las vacas locas. El cantante asegura que el nuevo disco, que salió ayer a la venta, no se diferencia mucho de su primer trabajo en solitario, aunque en él ha volcado su lado más positivo.
04 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Manu Chao es como un duende inquieto, con camiseta de futbolista y una legión de hormigas en el cuerpo. Habla con una constante sonrisa y una mezcla de acentos propia de este ciudadano de la casa Babylon. En su entorno, tanto se habla francés como gallego. -¿Cómo valora el recibimiento de «Clandestino»? -Creo que nunca he experimentado un sentimiento de feedback como con Clandestino. Me ha llegado muchísima ternura de la gente. Por eso sigo. Fue fabuloso y las ventas fueron increíbles. Ese disco casi me daba vergüenza, nunca lo hubiera sacado así si pensara que iba a ser el inicio de una carrera de solista. -Han pasado ya tres años. ¿Qué ha estado haciendo? -Mi estancia por Galicia acabó cuando salió Clandestino. Seguí viajando bastante, por Brasil, Senegal, Mali..., -¿Por qué «Próxima estación, esperanza»? -Porque no hay otra. En el mundo en que estamos yo, si no tengo esperanza, no me levanto. El mundo está tan jodido, Latinoamérica está te-rrible, África ya no hablemos, por aquí tampoco ves que este-mos del todo bien... Creo que vivimos una época en que es muy cruel ser lúcido. -¿No siente impotencia al ver que el poder es de otros? -Evidentemente, ya no creo en una revolución masiva pro-letaria. Lo interesante es que cada vez más gente se da cuenta de que hay que cambiar. -Llama la atención el contraste entre el título del disco y el de la última canción, «Infinita tristeza». -Soy una persona de contrastes. No creo que sea todo blanco o todo negro. La mayor esperanza, la más viva que he visto en mis viajes, nace de una infinita tristeza. La gente que me ha dado mayores lecciones está en unas condi-ciones de vida terribles. -Pertenecer al primer mundo, ¿le hace sentir mal? -Ser lúcido en el mundo de hoy es terriblemente cruel. Este mundo es un asco. -Este disco parece más personal y menos político. -Puede ser. Tampoco es que Clandestino fuera muy político, aparte de apoyar al zapatismo y de hablar de inmigración. Era una polaroid de lo que estaba pasando. Evidentemente, en Latinoamérica Clandestino ha sido tomado como un disco ultrapolítico. Entonces tuve cuidado porque no quiero mezclar mis ideas políticas con mi forma de sustento. No me plantea ningún problema ganar dinero como músico. Me considero un artesano musical, pero ganar dinero con mis ideas políticas no lo asumo tanto. -¿Piensa que eso le resta credibilidad? -Creo que la rebeldía es un argumento de márketing muy fuerte. Actualmente vende mucho y yo quiero tener cuidado. No esconderé mis ideas políticas, pero no quiero meterlas en aquello con lo que gano dinero. -Muchos tienen la ima-gen de usted como el héroe romántico contra la dictadura del «show-business»... -Ése es exactamente el puntito con el que tengo que tener cuidado. Yo sigo perdido en el siglo. No tengo respuesta a na-da. Lucho por hacer mi vida lo más honestamente posible y eso me lo invento cada día. -¿Qué opina de Napster? -Es interesantísimo el hecho de que es una iniciativa popular contra algo tan antipopular como el precio de los discos. Yo es lo que suelo decir: si soy un chaval de 16 años sería un gilipollas por no bajármelo todo de Napster.