«Soy un perdedor». Fue el estribillo que lanzó a Beck al estrellato planetario en 1993. Loser fue la canción fetiche de un músico que en ese momento contaba con 23 años y una de las mentes más lúcidas del panorama internacional. El folk, el hip-hop, el country, el funk... Ningún estilo ha sido ajeno desde entonces al señor Hansen. Quien tuvo la suerte de verlo en el festival inglés de Reading en 1995 y, posteriormente, en 1997 dentro del cartel del Festimad madrileño, pudo apreciar como en sólo 24 meses este norteamericano había cambiado sus presupuestos sonoros de manera radical. Mientras que en Reading ofreció un concierto de ribetes dylanianos con una acústica en la mano y un cuarteto detrás, en el Festimad ya se hacía acompañar con una numerosa banda que incluía una poderosa sección de viento que recordaba los momentos más calientes de James Brown. Con Mutations (1998) y Midnite Vultures (1999), Beck dio otra vuelta de tuerca a su estilo para llegar a emparentarse con el mismísimo Prince. Lo dicho, una licuadora sonora.