LA ISLA QUE CAMBIÓ A HANKS

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MIGUEL ANXO FERNÁNDEZ CRÍTICA DE CINE / NÁUFRAGO Birlarle el tercer Oscar a Tom Hanks sabría a injusticia salvo que la Academia lo borre de su lista, ya que podría acabar su carrera con una docena de estatuillas. Negarle a Zemeckis un lugar entre los mejores directores del cine norteamericano sería una mezquindad. En «Náufrago» confluyen dos talentos.

20 ene 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Hay dos tipos de cámara en Náufrago, ambas buscando su renuncia al protagonismo. La convulsa y taquicárdica de las secuencias iniciales, destinada a transmitir el agotador ritmo de vida de Hanks (con el reloj como obsesión), y la contemplativa e invisible de su peripecia en una isla desierta. Es esta última cuestión a resaltar por cuanto eleva la película a niveles de desafío al ser la parte más extensa y donde había más riesgo de otro naufragio, esta vez artístico. Con el admirable trabajo de Hanks y el tono entre minimalista e impresionista elegido por Zemeckis, es lo más fascinante de una obra que está entre lo mejor del año. Cuando Hanks llega a la isla, desaparece la música y como único sonido queda el ambiental. Como cualquiera, al principio grita y habla a nadie hasta que finalmente transforma en su alter ego Wilson a un balón devuelto por las aguas. Sumado a la ausencia de cámara, el feliz maridaje entre el cine de altura y el producto para la taquilla, adquiere una altura pocas veces lograda en el cine norteamericano. A la bien gradaba evolución del personaje, tanto física como emocional, se añade una nada empalagante reflexión sobre el individuo actual y de valores a priori marginados como la fe y la esperanza para alcanzar la redención. Su peripecia invita a la reflexión (podría pasarle a cualquiera), de ahí que conquiste el imaginario del espectador.