Vargas Llosa compara el toreo con «Las Meninas»

COLPISA MADRID

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El escritor peruano Mario Vargas Llosa ha revelado su poco conocida devoción por la fiesta de los toros. En un artículo publicado en la revista mexicana Letras libres, el autor de Conversación en la catedral rememora con nostalgia el día en que, por primera vez, siendo un niño, presenció una corrida y a partir de entonces quiso ser el Manolete del Perú.

04 ene 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

«En vez de ser aviador como Bill Barnes, -comunicó a su abuelo- o mago como Mandrake, sería el Manolote del Perú». Con extraordinario dominio de la jerga taurina, el novelista hace un elogio de la Real Maestranza de Sevilla y contrapone la figura del taurófilo, el aficionado que conserva la imparcialidad del amante de las artes, con la del hincha de fútbol, que a menudo se convierte en un fanático que aplaude a su equipo y abomina del contrario. Faena arrebatadora Para Vargas Llosa, una faena extraordinaria y arrebatadora «nos acerca a unos instantes de eternidad, como ciertas elegías de Garcilaso o sátiras de Quevedo o alegorías de Góngora, o la música de Mozart y Beethoven, o la perfección de Las Meninas o las visiones de los frescos de la Quinta del Sordo de Goya». El Perú de Vargas Llosa es un país de hondas raíces taurinas. Así, pervive la leyenda, desmentida en vano por los historiadores, de que Francisco Pizarro mató a rejonazos con más de setenta años el segundo torete de la primera corrida celebrada en Perú en 1540, en la Plaza Mayor de la Ciudad de los Reyes. El escritor recuerda que descubrió su afición a los toros en Cochabamba, la ciudad boliviana donde pasó su infancia. En la casa familiar de los Llosa tenían lugar eruditas conversaciones sobre cuál de los grandes diestros -Juan Belmonte o Joselito- era mejor. «La familia -dijo- se inclinaba por el coraje de los Belmonte más que por la ciencia de Joselito».