EL MONSTRUO QUE ROBÓ LA NAVIDAD

La Voz

TELEVISIÓN

H.M.L.

MIGUEL ANXO FERNÁNDEZ CRÍTICA DE CINE/EL GRINCH El libro vendió millones de ejemplares en Estados Unidos desde su aparición en 1957, y si la voracidad de Hollywood no pudo antes con este suculento bocado fue por la negativa del autor, Theodore Seuss Geisel. «El Grinch» arrasa en las pantallas de su país y se dispone a arrasar en la cartelera navideña.

07 dic 2000 . Actualizado a las 06:00 h.

Seuss cedió en 1966 para una corta versión animada que la televisión norteamericana emite sistemáticamente en tiempo navideño. Por fin, en 1991, su viuda firmó a cambio de los cinco millones en dólares que Ron Howard pagó por los derechos después de descartar a John Hughes o a los hermanos Farrelly, otros de los pujadores por un proyecto a priori llamado al éxito. El desafío era técnico. Tanto que muchos apasionados del cuento apostaban por Tim Burton como el único capaz de filmar las emociones encerradas en sus páginas. El anuncio de que lo haría un artesano como Howard, solvente pero negado para la pasión, puso a muchos en guardia. Obviamente, esta expectación se producía en el ámbito local, porque la perifería sólo valoraría El Grinch como lo que es en realidad, una lujosa producción de Hollywood para mirar de reojo considerando la ñoñería y la estupidez que suele volcar en este tipo de fantasías. Filme distante Los temores se confirman, aunque con algunos matices. La película se mantiene distante y enseguida dilata su previsible desenlace, pero, al mismo tiempo, se confirma como deslumbrante apoteosis visual, un derroche al mejor estilo Hollywood y una irreprochable eficacia narrativa a la que añadiremos el despliegue actoral de un tipo tan cuestionado como Jim Carrey, que es el amo y señor del producto. Obviamente no será plato de gusto para los refractarios a la parafernalia made in Hollywood que exigen mayor enjundia a sus tramas, porque ni hay mesura (aunque sí algunas secuencias brillantes) ni tampoco ese encanto que todo cuento magistral transpira en sus páginas. Pero hay espectáculo para llevarse a los críos sin que los tachen de estúpidos.