Xaime Cabanas, pintor «¡Sois unos aburrientes!»: una exclamación muy suya que suele ser el aviso de la inminente erupción del volcán Cabanas. Su mal genio, locuacidad y agudeza son ya legendarios en los devaneos de la noche coruñesa. Sin embargo, y a pesar de todo, tras su talante provocador se esconde una sensibilidad exquisita. Se ríe con el sambenito que le han endosado de pintor maldito: Cabanas sigue fiel a sí mismo y a su soledad, un privilegio que defiende con particular celo. Que nadie se engañe: Cabanas será siempre Cabanas.
05 oct 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Xaime Cabanas (A Coruña, 1953) participó activamente en las confluencias artísticas más relevantes de la plástica gallega contemporánea: Sisga, A Carón, La Galga o Atlántica. No hay un solo lugar de España en el que no haya estado, individualmente o en grupo. «Ahora estoy por la parte de Ortigueira», precisa. Las cosas en su sitio Se dice que Cabanas es un pintor de culto. También se dice que sólo los muy amigos o muy ricos tienen colgados cuadros suyos. Sin embargo, sus símbolos e imágenes de carácter ancestral forman parte de nuestra iconografía cotidiana, y en los soportes más insospechados: una camiseta, las paredes de medio Caldeirón, célebre barrio de Malpica, la enseña de un club náutico o el reclamo de venta de un establecimiento. El can Bravú es otro de los muchos grafismos popularizados por Cabanas. «He estado presente en todo cuanto se ha movido en Galicia en los últimos treinta años», asevera con el ceño fruncido. «Ya está bien que me digan, por ejemplo, ¡qué estupendo que hayas estado con Manu Chao en la Feria de las Mentiras!. Ya es hora de que alguien invierta el discurso y afirme: ¡qué suerte tuvo Manu Chao o Alberto García Alix de disfrutar de un Cabanas lleno de vida y destilando ideas como loco!». Cabanas parafrasea ahora a un clásico, «el artista quiere inspiraciones, pero también... doblones. Mi pintura nunca ha estado en los circuitos de venta convencionales; sin embargo, tengo que decir que existo, puesto que así lo demanda el mercado. Voy a quemar las naves», afirma en un tono de advertencia, aludiendo a su próxima exposición en el Kiosco Alfonso. «Voy a vender la arena de las playas como textura de mis cuadros, y a precio de oro. Espero que el alcalde no me pida cuentas. Mientras tanto, a la sombra de un cañaveral que crece en la Torre, que se doblega, pero no se rompe». A vueltas con la Torre Como buen vecino de Monte Alto tiene el viejo faro siempre al final... de la avenida de Navarra (la vía loca marítima o prima estrada augusta). «A la Torre de Hércules le han hecho de todo», aprecia. «En una ocasión vino a Coruña la Reina Isabel II. Le prepararon un show de la época: la pesca de cerco de la sardina. Para que tuviese una buena panorámica de la actividad, pretendieron que subiese a la Torre y decoraron la escalinata con papel pintado al gusto de la época», relata con la convicción de quien parece haber sido testigo del relato. «¡Que conste que no soy viejo! Soy la ultramemoria..., más allá del subconsciente colectivo», declara con tono de gravedad.» ¡Viejos son los trapos, yo soy arcaico!». Y prosigue sin freno: «A Coruña siempre fue muy liberal y permisiva. De hecho asumió y dirigió sin ningún complejo todas las novedades que vinieron del exterior, buenas y malas. Cuando irrumpió el neoclásico, Galicia vivía aún con efervescencia el barroco. A Coruña, en cambio, entendió y absorbió esta impronta con un talante de modernidad. Toda Galicia puso el grito en el cielo: basta con leer las crónicas de la época. Cuando se proyectó el paseo marítimo ocurrió tres cuartos de lo mismo. Ahora todos los pueblos construyen paseos marítimos... ¿Qué ocurría en los pueblos? Que el mar es trabajo, es esfuerzo y la gente no quiere saber nada de trabajo; incluso, los pescadores prefieren comer churrasco antes que peixe. ¡Lo cierto es que desde hace diez años tenemos mar en Galicia! Me alegro de no ser el único loco por el mar salvaje».