El aniversario recupera a un personaje que identificó vida y literatura Europa celebra hoy el centenario de la muerte de uno de sus pensadores más genuinamente díscolos y fecundos: Friedrich Nietzsche, autor de una obra insobornable que ha dejado en la historia de la filosofía occidental su personalísimo cuño. El aniversario del creador de sentencias tan políticamente incorrectas como «Dios ha muerto» o «¿Vas con mujeres? ¡No olvides el látigo!» rescata del polvo de las bibliotecas a un personaje que identificó en su propio pellejo vida, literatura y filosofía.
24 ago 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Pocos pensadores han sufrido como Nietzsche el lastre de los tópicos, las caricaturas y las manipulaciones. El autor de Así habló Zaratustra aún lucha, un siglo después de su desaparición física, para lograr que su legado intelectual se imponga a su biografía. Difícil faena, porque su retrato vital resulta tan fascinante como su propia obra. Mostacho decimonónico, levita y lentes gruesos de miope. «Con seis séptimas de ciego», apostilla un erudito que recuerda que la fortuna de Nietzsche ascendía a «dos camisas, un traje, sus papeles y sus libros». Este lobo estepario, alter ego del mago persa Zaratustra, padecía un insomnio incurable del que nacieron, gota a gota, las obras en las que definió sus cuatro tesis cruciales: el Superhombre (que la industria de Hollywood transmutaría en héroe peliculero), la muerte de Dios, la voluntad de poder y el eterno retorno de lo idéntico. Otro coloso de las letras, Thomas Mann, llegó a decir que Nietzsche era el mejor escritor en alemán desde Lutero, cuyo lenguaje bíblico, por cierto, caló hondo en los textos del autor de La gaya ciencia. Misoginia brutal Las féminas no eran su fuerte. Sus reiterados fracasos amorosos le llevaron a estampar sentencias brutales y a aquilatar una misoginia que sobrepasó en popularidad a su pensamiento. También, entre la leyenda y la realidad, figura el episodio en el que, en uno de sus escasos escarceos sexuales, contrajo una sífilis que le condujo a la locura. Su obra póstuma, La voluntad de poder, fue manipulada por los jerifaltes del nazismo para que su prosa sirviera a su propaganda antisemita. Una etiqueta, la del nacionalsocialismo, de la que aún no se ha librado este pensador, fascinado al igual por Schopenhauer y por los filósofos griegos.